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Un ángel que me quiere

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  Para contar las historias de todos los días, se necesitan historias y una de ellas, inusual y hermosa, podría ser la de Ángel, niño predestinado a no nacer y sin embargo, como Sabina, luchó por su vida. De padres disfuncionales, a Dios no le alcanzó y le otorgó un poco más. Una placenta calcificada, eclampsia, nacimiento a los ocho meses de vida y 2 libras y tantito al nacer. Confieso que no le quería, siempre pensé que su nacimiento era equivocado y como juez supremo yo también luché por ello. Pero cuando le vi tan pequeño e indefenso, lleno de tubos en Neonatología, supe que esa pequeña cosita no tendría más amparo que el de mi madre y el mío propio. Podría también confesar que lloré sola y en silencio mientras le contemplaba a través del cristal, mi asombro al ver como tomaba leche de una tacita y me arrepentí desde el fondo de mis pensamientos finales. Lo que ha venido después ha sido duro. Su condición física, su inflamación en la corteza cerebral y la hiperactivid...

Atardecer con pensamientos

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  Siempre pierdo los atardeceres, me son vedados por la palabra. Y quizás por eso, mientras amanece, ya pienso en la gran muerte del día, en su finito, en la silueta del paisaje, acomodada a la sombra de una loma o una palma.    Pienso también en la gente que se recoge a hacer la noche, el pan o el amor, en los bohemios trastocados en las esquinas, eternos vigilantes embriagados de alcohol y de nostalgia. Pienso en el ocaso y con esa sustancial pérdida, en las luces que despiertan a la vida.

De Silicona y otros adioses

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 Llueve como nunca, puertas adentro, la madera cruje de tanta humedad. Llueve y no sé hoy si escribir o lamer las gotas que se escurren. Pero lo cierto es que todo se mueve, nada se queda quieto y las vibras se acumulan en las esquinas de este corazón que vuelve a andar a pesar del tiempo, a pesar de las caídas y de a poco LUC DUC de a poco LUC DUC y lo dormido despierta y lo escaso se agolpa en mi rostro y mi cuerpo lo percibe. He encontrado un libro de Sabina, sonetos irreverentes que me fueron dados por las entrañas y compartiré uno, solo para dejarlo en claro, solo para enviar el mensaje necesario al mundo, sea dicho lo que se debe: Silicona Ni imploro tu perdón, ni te perdono, ni te guardo rencor, ni te respeto, si tardo en devolverte el abandono repróchaselo al tono del soneto. Rompe la veda, ensánchate, respira, falsa moneda mancha a quien la acuña, las heces de un amor, que era mentira, no merecen el luto de una uña. Ni sembraré de minas tu camino, ni comulgo con ruedas de ...

La simpleza de las cosas

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  Cosas tan simples como la ausencia, cosas terribles como la espera, como el sol en los ojos, un destello que marca el dolor y las manos. Cosas tan simples como un poema, unos versos que zanjen la brecha de los mares, Correr a la inocencia de los años donde fui más feliz, al menos lo parecía. Una piedra, una silla, un reloj, un golpe seco, tu silueta dibujada La vida es una puta tardía con el sol en los ojos.

Auto de fe

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  Ya no visito a Cristo los domingos Solo me siento a recitar palabras perdidas, me entretengo en un no pensar constante. Mando postalitas, corazones, escribo poemas que los otros aplauden y quizás nunca lleguen a poemas verdaderos. El cuerpo se adapta a esta nueva lumbre, a esta perdición del ser, a esta locura sin fin. Ya no visito a Cristo los domingos, pero siento su voz quebrada en mi conciencia ¿o será en mi fe? Todo lo observo, todo lo miro con mis grandes ojos que envejecen Tengo una raíz, una mesilla, un amor lejano y palpable Pero no tengo a Cristo, lo abandoné los domingos, allí se quedó solo, También me envía corazones, postalitas y poemas, Poemas que aplauden entendidos y jurados Mientras yo solo escucho, la voz apagada y quieta, Llamando sin respuesta.    

Plegaria

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Los días se suceden unos a otros. Se han convertido en la espera de los abrazos tras la puerta y el cerrojo, que viene a ser un golpe seco y detonador de las ansias. Suave, como el leve canto de los días, cambias el ritmo y trastocas los hábitos de esta mansedumbre carcomida por la espera. Los caminos y los versos se sacuden, se desempolvan ante tus ojos que sonríen y se dan en cada encuentro.    No te pierdas tanto, no te ciegues, los fantasmas no pueden dañarnos, solo dame tu beso en el ocaso, que la noche duerma con sus sueños. Dame tu otra vida, la otredad, como la llamaría el poeta. Hazlo así para que nadie lo note, para que nadie perciba que me estallas en todo el cuerpo y que no caiga la máscara, que los relojes no avisen, que no llegue el cansancio porque si sucede, seremos solo hojas caídas, un recuerdo de esta emoción que se agiganta, que no cesa de crecer como las sombras.