Hace mucho tiempo escribí un pequeño artículo, otro intento de retratar a la gente de Alto Songo. Los protagonistas eran los locos, esos eternos idos de mente que se nos aparecen en cualquier esquina y recordamos por sus dicharachos, frases o comportamientos específicos. Hoy revisito el tema para encontrarlos nuevamente, la memoria debe ser preservada. Uno de ellos era Charles, dicen que siempre se sacaba su hombría y que las muchachitas corrían como locas. Él llamaba a su miembro el chimpán colorao y lo mostraba orgulloso mientras ellas corrían despavoridas por el huerto de la escuela. Otra era Pabín, lo que podría calificarse como una loca etérea. Contaba sobre su amor imaginario, un amante que venía volando, la llevaba a pasear y le hacía el amor, también en el aire. Esta debió ser, sin dudas, una locura maravillosa. No debe dejar de mencionarse a Charo Domínguez Téllez, hermana de nuestro querido Miguel, personalidad insigne del territorio. Estaba tan obsesionada con la limpie...
Yo me prometí no escribir sobre todo lo que pasé en el infierno, pero no puedo dejar de hacerlo. Estuve ingresada en un hospital con mi madre enferma de covid y yo también lo tuve. No sé si me contagié junto a ella porque mi pcr dio negativo o fue en la manipulación de sus necesidades o si fue en el propio centro médico. La verdad es que tuve por necesidad que pasarlo como si no lo tuviese porque mi mami estaba muy mal. Catorce días o quince, no sé decirlo con exactitud, los días no importan, de agonía y espera, en los que vi de todo, desde la negligencia para atender pacientes hasta la belleza inmensa de otros profesionales de la salud que hacían hasta lo imposible por salvar vidas. Vi además la entrega de los mensajeros y personal de limpieza, gente a la que no se aplaude ni se menciona y que sin embargo, llevan aliento a enfermos y acompañantes, son la familia extendida que te habla con cariño y te da fuerzas en medio de tanta incertidumbre. Vi a mi madre casi sin vida, tuve que r...
Y vi la gente, sus casas de tablas de palma, el agua acarreada por los bueyes enyugados todavía, el camino limpio y barrido con escobas de palma, el polvo blanco pegado a los zapatos, la gente riendo bajo el sol, esperando más, esperando siempre. Y escuché la palabra del hombre y la mujer, con los dolores antiguos e irresueltos, la queja inocente del niño que desea volver a las aulas, el ansia de camino y de agua y de luz y de pozos. Y observé los promontorios con consignas lanzadas desde la humildad sobre atajanegros y comprobé la nítida fe que sostiene nuestros días.
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